miércoles, 11 de junio de 2014
Esto es sólo para decirte
que me he comido
las certezas
que estaban en
la modernidad
y que probablemente
guardabas
para el siglo veintiuno
Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frágiles.
domingo, 11 de mayo de 2014
Retrato de mi madre
El día de la madre hecho para contrarrestar el peso de la lucha feminista en México hace parecer que ahora está mal celebrarla, igual que está mal conmemorar la Batalla de Puebla (si al cabo perdimos), la Navidad (puro consumismo disfrazado), la Independencia y la Revolución (porque ¿cuál independencia y cuál revolución?) pero el asunto es que yo, ahora, a miles de kilómetros de distancia, pienso en mi madre y no creo que eso esté mal. Pienso en ella realmente todos los días y me veo a mí misma reprendiéndome como ella lo haría al mismo tiempo que también, dentro de mi cabeza, resuenan las cosas que yo le recriminaría. Porque mi mamá fue educada como a mí no me educó y carga con ella cosas que ha intentado no inculcarme, aunque a veces se le salen.
Hubo un momento en que su argumento para detenerme de actuar de cierta manera era decirme que yo "era una niña de familia" y que por ello tenía que cuidar ciertas formas de eso que ella entedía como decencia. Cuando se separó de mi papá, hace apenas unos tres años, se quedó sin ese pretexto. Ya no era una hija de familia porque la familia, como ella la veía, no existía más. A partir de ahí, ella, mi hermana y yo nos tuvimos que reconstruir porque se hizo evidente que algo en nuestra forma de ver el mundo no funcionaba. Entonces ella se quitó los veinte años que le agregaba esa vida de lavar, tender y planchar la ropa todos los domingos, esa vida de andar en tacones incluso para limpiar la casa, ésa de ya no aguantar y sin embargo seguir aguantando. Mi madre se hizo fuerte y yo con ella. Mi padre y mi madre siguieron caminos distintos en los que mi hermana y yo somos incluidas de distintas maneras, pero es de ella de quien aprendí todo lo que no quiero ser, porque cuando despertó la de antes volvió a estar mi mamá de cuando yo era niña, de cuando me hacía ensalada con ratoncitos de zanahoria y gallinitas de huevo cocido y clavo de olor. Mi madre, la maestra de primaria atenta y querida por sus "chiquillos", como ella los llama. Esa mujer que por alguna razón de pronto se ocultó bajo lustros de rutina que la hacían sonreír poco y regañar mucho. En mi adolescencia, por supuesto que la aborrecía. Y ella a mí. Aquello venía desde antes, claro, cuando fue también mi maestra y entonces nos veíamos to-do-el-san-to-dí-a. Cuando, a los catorce, me fui de casa para estudiar en la ciudad, mi mamá se convirtió en esa figura distante pero a la que acudía en busca de un apoyo que ahí estaba de distintas maneras aunque yo no siempre lo viera.
De mi mamá aprendí a no tener miedo. Cuando me vi a mí misma repitiendo ciertas imágenes de esa que ella fue durante muchos años supe que era un buen momento para correr, porque la miré de nuevo, en el presente de entonces y la vi más fuerte, más feliz y más hecha que nunca. Sin decírmelo, me dijo que todo iba a estar bien. Gracias a eso estoy hoy en un país que no es el mío, descubriendo lo que me gusta y aprendiendo lo que quiero, haciendo lo que ella no se atrevió (mejor dicho, lo que no se ha atrevido, que tiene todavía mucho tiempo) pero me enseñó tan bien.
Ahora mismo llueve, es de esos días en los que almorzaríamos huevo a la mexicana y tortilla frita con la abuela, uno de esos días en los que mi tía no saldría ni a rastras a la esquina por miedo a mojarse. Mi mamá andaría bailoteando por la casa para que no le diera frío, al mismo tiempo que nos acercaría sus manos heladas a la cara para darnos "un cariñito", como dice ella, para hacernos retorcer de escalofríos. En este momento del domingo ella ha de estar tomando su café de la tarde con una banderilla de hojaldre mientras prepara sus clases para la semana, calentándole unas tortillitas a mi perro, escuchando música. Yo vuelvo a las canciones que aprendí en la infancia junto con ella y pienso en un vestido que le regalé un diez de mayo de hace diez años, en esa horrible rosa encapsulada que se abre y se cierra cuando le das cuerda y ella guarda como si fuera bonita, en sus manos de dedos largos, que no heredé, y en sus cachetes, que sí tengo. Ésta es mi forma de llegar a donde está, a la casa de cocina oscura y habitaciones luminosas que tanto ama y en la que no siempre fuimos felices pero ahora está llena de recuerdos coloridos.
Alguien que intentaba herirme me dijo que mi idea repentina de preferir el segundo nombre en vez el primero tenía que ver con que me daba pena reconocer quién es Nallely y por eso era mejor olvidarlo. No contesté nada pero ahora lo hago: me gusta que me digan Yolanda entre otras cosas porque estoy contenta y orgullosa de reconocer lo que en mí llevo de mi madre, y porque cuando sea grande quiero tener su vocación por la simpleza, por los brincos huapangueros y por nunca dejar de ver caricaturas.
martes, 29 de abril de 2014
Elogio del desorden
Al ir aterrizando sobre Buenos Aires, lo primero que vi fue una
cuadrícula de luz, en oposición a ese conjunto de manchas luminosas que es el
D.F. cuando se ve desde arriba. El trazado decimonónico de las calles contrasta
con el desorden atávico de México.
Buenos Aires no es una ciudad para perderse. Cuando llegué, lo primero
que intenté fue orientarme con un mapa que compré en el puesto de revistas y en
el que tardaba horas en encontrar una calle. Desistí pronto y empecé a
preguntarle a los transeúntes cómo llegar a un lugar y otro. Afortunadamente, a
diferencia de mi país, en el que la gente suele inventar direcciones con tal de
decir que no sabe, acá conté con sinceridad e instrucciones claras que me
permitieron moverme los primeros días.
Luego supe que existía una grilla de transportes y la compré. Un librito
que contenía fragmentos de la ciudad en cada página y en el que, algo así como
en esa tablita con la que me enseñaron a multiplicar en la primaria, tenía que
ir ubicando las intersecciones de las rutas de colectivos para saber cuál
tomar. Intentaron enseñarme: buscas la calle en la que estás en el plano, ves
qué rutas pasan por ahí, buscas la calle a la que quieres llegar, ves qué rutas
en común hay entre una y otra… Entendí el principio pero jamás fui capaz de
aplicarlo satisfactoriamente.
Las
dimensiones y distancias de esta ciudad la vuelven más manejable que la Ciudad
de México, pero algo hay aquí que la vuelve confusa para mí, quizá sea, paradójicamente,
tanto orden. La Avenida Rivadavia tiene 35 km de largo. Insurgentes, en México,
no se queda tan atrás con sus 28 km. Sin embargo, cuando recuerdo el tamaño
monstruoso del D.F. y lo comparo con la extensión mucho menor de Buenos Aires
me doy cuenta de que Rivadavia atraviesa más ciudad que Insurgentes. Las calles
son largas, muy largas, y no suelen cambiar de nombre, de modo que cuando uno
dice que su casa está por Gorriti la pregunta que sigue siempre es: ¿a qué
altura? Y si uno no lo recuerda, olvidémoslo, no hay manera. A veces veo que
estoy a una cuadra de la calle paralela a mi casa y, pese a que me siento
cerca, resulta que estoy a treinta cuadras. En México, basta atravesar un
parque, una avenida grande o una mínima curva para que las avenidas cambien de
nombre. En Querétaro, por ejemplo, para decir dónde vivía daba siempre una
referencia: Guerrero, pasando Universidad, ya se llama Cuauhtémoc, ahí vivo. Y
no había confusión posible. Acá tengo que decir: Acuña al 1300 y aprender a
orientarme por numeraciones. Los letreros en cada esquina no faltan, y una
cuadra comprende cien números. Extraño los principios de ordenamiento urbanos
de mi país. Eso que podría, para otros, parecer caótico, para nosotros es
bastante claro. Si en algo me siento extranjera es, precisamente, en la manera
de moverme en el espacio.
Un par de semanas después de haber llegado, me descubrieron el Mapa Interactivo de Buenos Aires, iniciativa del gobierno de la ciudad que se presenta como una alternativa a google maps en la que, a diferencia de éste, pueden hallarse con precisión tanto rutas de transporte público como ciclovías. Ahora no salgo sin consultar el mapa y en una ocasión me encontré a mí misma quedándome en casa porque la dichosa página estaba caída. Hay también una aplicación para el celular y ambas son extremadamente confiables. Sin embargo, no me gusta fiarme, no quiero ceder todo el control de mis pasos.
La ciudad no ha dejado de ser
confusa y seguramente, en los meses que me quedan aquí, no dejará de serlo.
Pero tengo el mapa interactivo, que me
dice sobre el camino más corto aunque se olvida de contarme, por ejemplo, que
caminar de noche al lado del parque de Las Heras puede ser peligroso. Eso sí,
me evita hablar con la gente y, si quisiera, podría no despegar los ojos de la
pantalla de la Tablet mientras un puntito azul me indica que no estoy perdida y
me arrebata esa sensación de angustia: tengo un lugar en el mundo y mi aparato
lo confirma.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Espacio para la memoria
Sobre la Ex-ESMA (Argentina) y la memoria como política nacional, en El Horizontal.
http://www.elhorizontal.com/2014/03/espacio-para-la-memoria/
viernes, 14 de febrero de 2014
Samantha y Theodore (otro comentario sobre Her, de Spike Jonze)
Theodore Twombly trabaja en una oficina, usa pantalones a la cintura, lentes de pasta y camisa pero vive en un mañana cuya fecha exacta no podríamos precisar. Es la era de los sistemas operativos realmente inteligentes, de las conciencias habitantes de los aparatos. También es la época de la perfección de los lugares: todo impecable, luminoso, acogedor. No asistimos aquí a la representación de ese porvenir metalizado, estéril, que permea buena parte de las producciones que se proyectan hacia el futuro. Ahora ninguna atmósfera nos es desconocida. Hay, sí, adelantos tecnológicos, pero ninguno que nos parezca realmente lejano o ajeno. En el entorno de Theodore nos sentimos como en casa y sus paseos por la ciudad bien podrían parecer nuestras caminatas. El metro es también el mismo en el que la gente hoy charla con sus aparatos. Esto último colocado como advertencia, espejo con aumento frente a nuestro ir-por-el-mundo sin mayor contacto con los seres vivos a nuestro lado. Pero ya no nos asustamos porque sabemos que así andamos y no tenemos mayor problema con ello. Decir que 'Her' trata la despersonalización de las relaciones es, por lo menos, reduccionista, lo mismo que pensar en una moraleja que nos advierte sobre las consecuencias de nuestra relación con los aparatos y nuestra (aparente) distancia con la gente, "¿será que nos estamos deshumanizando?" podría sonar para algunos como la pregunta conductora. Claramente no lo es.
Spike Jonze nos va preparando un lecho azucarado en el cual reposar nuestras conciencias: lo atroz (esperamos al inicio) será la felicidad artificial de Theodore en una era en la que el hombre es capaz de crear máquinas que lo entienden mejor que otros hombres [o mujeres]: personas sin cuerpo que viven exclusivamente para él y demandan casi nada, ¿cómo no enamorarse de ella, que está disponible todo el tiempo, que tiene una conversación estimulante y de quien puede huir apenas se sienta incómodo para volver cuando le plazca? Cuando se tiene aquello, el cuerpo sobra. Al principio Samantha se lamenta porque carece de uno, pero para Theodore eso no parece un problema. El encuentro erótico sucede siempre bajo la seguridad de la imaginación y la distancia que les otorga pertenecer a universos distintos: él, condenado a la tercera dimensión, el límite espacial y la frontera de la piel entre sí mismo y las cosas; ella, perteneciente al ámbito de la virtualidad infinita que traza apenas puentes con el mundo real. La fantasía de esa-otra-que-lo-mira y le da sentido no cae nunca porque continuamente se adapta y aprende a satisfacer sus necesidades conversacionales, laborales y afectivas.
La rebelión de las máquinas no es ya física como en Yo, robot, o en Inteligencia artificial sino que opera en el nivel de la satisfacción de la necesidad de ser mirados y atendidos por el artefacto tecnológico. Él la tiene pero siente que no la posee del todo porque ella está siempre con él y sin embargo al mismo tiempo está con otros: El fin del discurso monogámico de la tecnología no es muy bien aceptado por T: Sam deja de vivir sólo para él y en ese momento viene la desestabilización del personaje que, hasta entonces, parecía haber encontrado un muy buen simulacro de felicidad y estabilidad operante.
Me llama la atención que Tom, de (500) days of Summer, y Theodore tienen, en esencia, la misma ocupación: ambos son oficinistas-redactores que se encargan de expresar los sentimientos de la gente e, irónicamente, no pueden con los suyos. Tom hace tarjetas; Theodore, cartas 'a mano' que le dicta a la computadora. Tanto Summer como Samantha llegan primero como asistentes en el trabajo de ellos y pronto comienzan a ocupar un lugar más importante en sus vidas. Hay un gran artículo sobre las Manic Pixie Dream Girls que señala ya lacaducidad del término (en principio más o menos definido aunque ahora bastante elástico) pero ahora mismo me sirve para hablar aquí: ¿no es ese mismo patrón el que se repite en ambos filmes? La mujer (o la máquina) encantadora que cumple con los requisitos necesarios para enamorarse de ella, tiene gustos similares y casi lee la mente que, empero no se resuelve de manera tan convencional. Al final, la promesa del amor de ambas existe, pero no es ya la del amor común proyectado hacia la eternidad. Si la MPDG de Breakfast at Tiffany's, por ejemplo, sí sucumbe ante el deseo masculino y resuelve el conflicto reingresando al sistema, ni Summer ni Samantha ceden, por eso de la primera se hicieron memes como este que tantas veces vi compartido:
No vale preguntarnos qué pasaría si Samantha hubiera sido programada en el inicio como voz masculina porque esa posibilidad no existe en ningún momento de la película; ni siquiera para Amy, amiga de Theo recién divorciada que elige también una compañera mujer. Mención aparte merece el asunto de los videojuegos y los roles que con ellos se establecen. Amy juega a ser ama de casa perfecta, Theo a que un simpático hombrecito blanco lo insulte y lo guíe en su aventura. La chica de la cita a ciegas interpretada por Olivia Wilde (sí, Alguien le dijo que no a Olivia Wilde) es rechazada apenas articula de manera explícita su deseo (y no, no estoy diciendo que aquel hombre tenía que aceptarla y querer, como por ósmosis, lo mismo, pero sí que al final Theodore, incapaz de cumplir las expectativas de ella o las de su ex-esposa, igual busca a alguien que sí cumpla las de él).
No me desvío del tema: Samantha es, durante la primera parte de la película, la muñeca de látex para el intelecto y las emociones de Theodore. Luego, conforme adquiere la información necesaria para terminar de comprender y formarse, crece y decide, junto con los otros OSs, alejarse de quien no le satisface del todo. ¿Por qué tendría que ser siempre para el otro? ¿por qué Summer y Samantha deberían haberse quedado? El de ellas es un cortés "Gracias, pero no, gracias" de mujeres que están tratando de dejar de vivir como decía Disney -y con él toda la tradición del discurso amoroso trasnochado y mal entendido. Hay paradigmas que ya no funcionan, Samantha puede 'vivir' sin los límites de Theodor, pero él no sabe cómo manejar esa idea. Las dos eligen no reconocer a los protagonistas masculinos de sendas historias como los 'amores de sus vidas' y eso no las convierte en mujeres malas pese a que, al final, la figura del hombre sensible cruelmente herido apela a nuestra empatía.
Escenarios que se cuidan de no ser muy contemporáneos, estética de lo vintage, moda retro con chongos altos y suéteres de rombos en personajes de nuestro tiempo o del futuro cercano... Todas esas estampas nostálgicas ¿no serán imágenes que nos dicen que queremos e intentamos vivir con patrones que ya no nos sostienen?
lunes, 25 de noviembre de 2013
Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer
Hay ciertas cosas de las que uno,
realmente, no participa hasta que las experimenta en carne propia. Literalmente
en carne propia. La violencia es una de ellas, y lo sabemos: ver no es igual a
sentir. Basta recordar esos experimentos en los que se somete a algún hombre a
los acosos que las mujeres sufrimos todos los días, primero hay sorpresa,
cierta risita incómoda, y luego el desazón, la angustia ante eso que nos
amenaza pero no termina de ser alguien concreto porque somos todos. Todos,
atrozmente y a veces sin saberlo, participamos en la escena.
¿Cómo hablar de violencia sin caer
en estereotipos, imágenes construidas y lugares comunes? Creo que no se puede,
porque los protagonistas son siempre los mismos, todo el tiempo, en una
repetición compulsiva que cambia sus personajes pero no los hechos. El fin de
semana me enteré de un hombre que, borracho, comenzó a llamar de puta a su pareja
y a azotar su cabeza contra el suelo. Algo dentro se volvió a quebrar y la
madrugada me trajo cierto ardor en la mejilla que, creí, ya había olvidado. No
hay dimensiones en los actos violentos: un
golpe es un golpe es un golpe es un golpe. Aunque el dolor físico no es igual entre una
cachetada que nos deja apenas un enrojecimiento como de rubor mal puesto y un
caso como el de Lucero, la chica de Guanajuato brutalmente lastimada, el efecto
dentro es parecido, y si se le suma la violencia verbal, que casi siempre
acompaña, incluso precede, a otros tipos, una entiende algo que no puede
explicarse en palabras como indignación, humillación, daño e inseguridad, pero
está más o menos en esos grupos semánticos. Cuando una sabe de otro caso, las
ganas de gritar vuelven con más fuerza.
Para que el miedo, ya bien vestido
y caracterizado, entre por la puerta sin que lo invitemos primero hay un
preámbulo, a veces largo, a veces no tanto, de alertas que no queremos (o no
podemos) observar. Todo entonces es como una piedra en el agua: círculos
concéntricos que vienen de una pequeña nada que va creciendo y nos traga y nos
escupe para volvernos a tragar. Es, creo, prácticamente imposible que alguien
acepte que tiene problemas con sus reacciones, y muchas veces no somos
conscientes de cuánto agredimos al otro y nos autoagredimos al mismo tiempo;
tampoco somos conscientes de qué cosas estamos jugando y de cuánto arriesgamos
cuando malarticulamos el deseo y la búsqueda de una mirada del otro para
sostenernos. Que nos vea, sí, pero que no nos quiera hacer con sus ojos.
Un amigo invaluable me hizo
entender sin saberlo que ante el monstruo siempre estamos solos: cada quien, en
sus circunstancias, debe construir una honda fuerte y aprender a hacer
cosquillas en el paladar de la ballena. Ayudan, claro, la familia, los amigos,
las instituciones, las leyes, los teóricos diciéndonos cómo se articulan los
procedimientos simbólicos de la violencia, pero al final es una lucha contra sí
mismo y contra la opresión que nos autoejercemos: el poder juega con nosotros
desde dentro y desde ahí va a conectarse con los otros.
No soy una víctima y tampoco culpo
a nadie, pero decir que vi de frente a la violencia más de una vez y que no
quiero volver a hacerlo es útil, y de alguna forma necesario. Como dije en este
mismo blog: un exorcismo, un sacarme del cuerpo, aunque sea momentáneamente, la
pesadilla. Hacer de la espiral un círculo cerrado, ponerle fin con palabras. El
día es pretexto, ustedes disculpen.
domingo, 27 de octubre de 2013
Pequeño exorcismo para una noche tonta
¿Qué tiene que pasar para despertar a todo lo que la infancia pesa en nuestros días? ¿Quién ha de sacudir el telón de la vida diaria para extraer de ella el polvo cifrado del miedo? Un golpe para despertar de golpe. Un golpe para despertar, no de lo que se es, sino a lo que se esconde tras la soledad que hasta entonces no había tenido cara. Hay que escribir para llenar el hueco, para tapar los orificios de la máscara y ya no reconstruir lo roto ni erigir con las mismas piedras una casa nueva. No es el ardor de la piel, no el tono rojizo que adquieren las tardes. Es otra cosa. Es como si detrás del vaho blanco estuviera no la orden, la invitación, ni el ruego sino los dardos de palabras apuntando todos a una diana con rostro, con mi rostro. La noche pare una angustia nueva, irresoluble.
A los cinco años creía que sólo le temía a las arañas y aun así las paseaba por mis brazos, hoy sé que más me daba miedo el silencio de mi padre que antecedía peligros más grandes. Y le seguí temiendo al silencio de los otros. Sin saberlo, sin querer hallar y sin querer provocar la ira desperté al viaje. La mejilla sigue intacta, es herida abierta hacia mí misma, pregunta con respuesta clara: NO. Muchos hastadóndesdemasiado volaban como mosquitos en mitad de la madrugada, y no pude matarlos. Quién podría no llorar ante uno mismo en el espejo, dejando de ser persona para volverse cosa de tan viva casi muerta. Y claro, pensar 'eso no me va a pasar nunca' mientras pasa. Encogerse, dejar de buscarle nombre. Minimizar el hecho como castigo autoimpuesto. Merecerlo y no. ¿En qué medida somos responsables de lo que nos acontece? ¿Resbalar con una cáscara de plátano es nuestra culpa? ¿Berrear es nuestra culpa? Construir puentes débiles para cruzar sin temor el río, ése es un problema. Perder el control es dejar que el otro pierda el control. Hallar contestaciones para dudas nunca formuladas. Hablar mucho para hacer silencio. No soportar la idea de que uno ha logrado apenas poco. Decir amor es un insulto. Duermen los niños que no tengo y la niña que soy grita para recuperar la voz; no lo logra. Mi cabeza bajo las ruinas de un salón decorado con absurdos regalos del día siguiente para salvar la pena. Sacarla, quitarle el polvo de los ojos. El primer paso es el camino.
Archivos inconexos, ramas caídas que no harán leña nunca: los días perfectos no existen. La violencia amanece. Amanece siempre y tiene cara de inocencia.
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