Una que me come: mi texto en Gus Ultramar.
http://gusultramar.tumblr.com/post/115950109135/yoltremblay
viernes, 17 de abril de 2015
jueves, 2 de abril de 2015
Si una vez dije que sauce de cristal
hoy me arrepiento
si una vez dije que chopo de agua
no sé lo que pensé
estaba loco
si una vez dije que alto surtidor
y que por ti
el viento arquea
si una vez dije que
no lo vuelvo
a hacer
también era
escritura
también
alguien me cantaba
allá adentro
selena
[gallo galante]
[un árbol
bien plantado
bien plantado
mas danzante]
tu cuerpo se constela
de signos verdes
porque somos
de distintas sociedades.
no dejes
de tambalear
voy por tu cuerpo
como por el mundo
no me
queda más:
la sangre (tu sangre y una bala)
oficia sus misterios paralelos:
entre irse y quedarse
tu nombre selena tu nombre
prosigue sin cuerpo
busca a tientas
entre irse y quedarse como la flor
enamorado de su transparencia
como
la flor.
*Mashupeado en un tiempo cercano al 31 de marzo de 2015, fecha del vigésimo aniversario luctuoso de Selena y el
ciento un aniversario de nacimiento de Octavio Paz.
lunes, 30 de marzo de 2015
Otra fotografía:

Salen de ti los ojos
decenas de ojos
tras la ventana
salen de ti
no hay [ventanas]
no hay [nuestra casa
brazo amputado que
duele].
Bajo los escombros
las dos en otro día
que no puede contarse.
Somos la guerra:
nos mueve nos aplasta
nos deja aquí muy vivas
sin preguntas.
No llores.
me toca hablar
buscar nombre para
este color del año
exceso de sangre
en tan poco cuerpo.
un nombre
para tu sonrisa inerte.
para tu sonrisa inerte.
Cómo arrullarte si te saqué del polvo
si tienes los ojos abiertos
pero no
sólo para mí
gime
un pequeño dios
enfermo.
Una fotografía:
Dos hombres se colocan
tras el único muro en pie
de su casa derruida.
[principio
tras el único muro en pie
de su casa derruida.
Beben café
miran por la ventana[principio
básico
de límite,
marco
marco
para el
horizonte
del miedo]
la calle, los sitios
que ya no quedan
por las bombas.
Juegan a sonreír a los vecinos,
levantan la taza vacía
en señal de saludo,
beben recuerdos de café
y aterrizan en el día.
levantan la taza vacía
en señal de saludo,
beben recuerdos de café
y aterrizan en el día.
Es una fotografía:
¿la veo o la invento?
Sale en: http://www.revistaelhumo.com/2015/04/yolanda-segura.html
lunes, 2 de marzo de 2015
Despedida de Esther
El tiempo en la mano no es el control del tiempo.
Adrienne Rich
Al principio no pude ver sus manos, le habían puesto guantes para que no se desgarrara la piel con esa comezón que la atacó este mes. Fue lo último que sintió, al final le quedaron sólo pequeños estertores como el reflejo de querer seguirse rascando, de querer remover de su carne la muerte que ya se le pegaba. Mi abuela se puso amarilla. El diagnóstico: cáncer de vesícula extendido ya al hígado, restos de una trombosis pulmonar de la que salió sin tratamiento (mi única paciente de edad avanzada que ha logrado sobrevivir a eso, dijo el médico), muerte por exceso de bilirrubina en la sangre. Que se le sube la bilirrubina ay se le sube la bilirrubina, cantaba mi cabeza para traicionarme con una broma que no daba risa y me hacía contar el camino de minutos que quedaban al ritmo de una música parecida a la de los juguetes cuando se les acaba la cuerda o la batería.
Cuando llegué ya no hablaba, pero seguía ahí, lo sé. Setenta y nueve años, casi ochenta, retorciéndose en la cama azul. Tres días sin comer y sin beber, me dijeron. Tres días yéndose. Desesperada. Preocupada.
Va a entrar en coma, explicó mi tía, irremediablemente en coma, dijo cuando ella ya miraba poco pero todavía hacía esfuerzos por tragar y en su cabeza tal vez me mentaba la madre por obligarla a tomar una pastilla para el dolor que le disolví en cocacola. Luego se empezó a quejar, a sudar frío, a aventar manotazos e intentar liberarse de los abrazos que le dábamos para calmarla. Ya nada funcionó. Llamamos al doctor y cuando él llegó Mima ya no respondía al dolor, ya no movía los ojos. Le quedaba una respiración agitada, desigual. Hace una semana tuve una paciente en las mismas condiciones, dijo el médico, murió a las seis de la mañana.
Eran las siete de la tarde y el daño cerebral borraba toda posibilidad de conciencia. ¿Nos escucha, doctor? No sabemos, sabemos muy poco, pero sí que siente a la familia. La besé en la frente manchada por las cicatrices de su prurito sangrante. Aquí estamos todos, Mima, aquí estamos y te queremos. Alguien en la habitación se preguntó en voz alta: a ver si pasa la noche. No, no pasa, dije mientras en la boca de la abuela su lengua parecía un animal acorralado. Tres movimientos tenues y luego nada, el pulso no se sentía desde hacía un momento. La tía le acercó el reflejo negro de su celular. Con la esperanza de que despojar de artefactos plásticos aquella revisión serviría para volverla falsa, saqué de la bolsa el espejo con que todos los días me pinto los labios. Ya no lo empañó. Mi hermana y yo gritamos, corrimos como para alcanzarla en algún sitio de la casa. Nos regañaron como si fuéramos niñas porque pensaban que no era cierto, que mentíamos. ¿Cómo fue? Preguntó mi madre, ¿Qué hizo? Nada. Dejó de respirar.
El reloj de arena del amarillo subiéndole del vientre a la cabeza derramó la última gota mientras a lo lejos se oían los trailers por la autopista, esos mismos que me arrullaron en la infancia, cuando la abuela me arropaba y me abrazaba: mi niña, mi pedacito de cielo. Ahora era yo quien le hablaba igual a ese cuerpo mínimo de cabellos muy cortos.
¿Cuánto habrás sufrido, Esther, en el campo, con tus padres obligándote a trabajar la tierra con tus siete años y el estómago sin comida? ¿Cuánto habrás sufrido con un marido que te decía que seguro tus dolencias —ésas que te deformaban las piernas y las manos— eran un pretexto para no hacer nada? ¿Cuánto cuando les hiciste a tus hijas unos vestidos con la tela del colchón que la vecina había tirado a la basura? ¿Cuánto cuando murió la tía Juana recién salida del hospital, que llegó a casa sólo para saludarte y morirse de noche, cuando ya pensábamos que se salvaba? Me gustaría decir que no importa más, pero me hiere por no haber podido hacer nada y porque sé, aunque no lo queremos aceptar, que esas dos horas, las casi últimas, te dolió mucho y tuviste miedo y estuviste sola incluso con todas a tu alrededor, porque en el momento final, o acaso en todos los difíciles, siempre se está sola.
Fui al portal a buscar uno de los rosarios que, pese a tu vocación, te permitiste colgar. Muy sencillo, de madera pintada de rosa y remates de metal mal hechos. El olor de tu último chocolate, fresco, recién moldeado ya por las manos de la tía Rosa y no por las tuyas, me torció el músculo de la nostalgia. Me vi con cinco años y cara de travesura yendo hacia la tina en la que la mezcla tibia de cacao, canela y azúcar le daba forma a ese sabor que ya no volveremos a probar igual. Tomaba un pellizco y me iba corriendo mientras, ya del otro lado de la casa, escuchaba el "ay, demontre de muchachilla, pero ya verás..."
Las plantas han mermado desde que se fue la tía Juana y esta mañana el velorio amaneció sin flores; dos helechos grandes, frondosos, acompañan la modesta caja. Para los pocos asistentes hay pan de dulce, polvorones y cocoles, como le gustaban. Ahora mi hermana escucha esa canción del libro abierto, bajito, muy bajito porque no queremos que piensen que no estamos tristes. Ella recuerda así a la abuela cuyas letras nunca vimos y a la que yo un día le pregunté angustiada, si podía leer y escribir y que me respondió sólo con una carcajada sonora.
Nadie sabía rezar el rosario, pero lo busqué, investigué la manera, y dirigí como si supiera, como si tuviera fe, como si me oyera. El acto de pronunciar, de prometer y hacer cadenas que yo sé que se van a romper apenas dichas: es una comunidad muy breve pero que nos envuelve y, por un instante, mientras no se me corta la voz y las lágrimas no mojan el papel, me hacen sentir sin miedo. Cada repetición de los padrenuestros, de la letanía, hace un manto que va cubriendo por última vez su rostro, sus frascos de medicinas, los zapatos que se quedan sin dueña. En este momento sólo me alivian las palabras, y aquí se oyen muy pocas.
Descansa, Esther, descansa con los hijos y el nieto que enterraste. Pídele a la tía que te haga una blusa con flores pequeñitas, que te siembre más plantas, y que te cocine un banquete de tacos dorados y enchiladas, que al fin ahora te habrá vuelto el apetito y ella estará para agasajarte.
viernes, 6 de febrero de 2015
Hacer las cosas con fe
En la UAQ, le dieron el Doctorado Honoris Causa a Carmen Aristegui. La misma Aristegui que escucho todos los días (o casi todos, cuando no me gana el desespero y opto por alguna música que, aunque sea un momento, me distraiga de las atrocidades que a veces no puedo oír más), ésa cuyo programa fue censurado, oh paradoja, en la ciudad a la que vino para recibirlo.
Llegué temprano, tan temprano que detrás de nosotros se formó la fila para entrar al auditorio. Vi la transformación que sufrió éste del miércoles que fui a dar clase a hoy, cómo limpiaron, pintaron, remozaron y colocaron unas plantas que, para esta hora, ya deben estar secas por el sol del Campus Aeropuerto. Vi también la cara de mis alumnos y alumnas, de mis profesores, la ropa bonita que usamos todos para recibirla; Verito se rizó las pestañas, Lulú hizo a un lado su enfado por las decenas de llamadas que tuvo que atender esta semana para “reservar lugar” (cosa imposible porque los sitios se repartieron en estricto orden de llegada) para ver a la señora, Edgar se peinó, Ceci se puso su mejor sonrisa.
Que Aristegui no es una héroa lo sabemos, que muchos la consideran tendenciosa, también; que su periodismo no es perfecto queda claro (el tiempo que dedica a ciertas noticias, por ejemplo, en contraposición al que no dedica a otras, es algo que se menciona mucho). Ha sido atacada varias veces y otras tantas ha respondido (incluso tal vez con demasiada intensidad, como cuando Laura Bozzo, sinécdoque de Televisa, la retó públicamente; o como cuando, dijo ella más o menos textualmente, se le imputaba “un presunto lesbianismo” que negó durante poco más de diez minutos). Con todo y eso, su noticiero es el más escuchado en la Ciudad de México y tiene el tercer lugar de audiencia a nivel nacional.
Ya ustedes saben de mi
naturaleza groupística: soy fan del trabajo amoroso de mucha gente que tengo
cerca; admiro profundamente a varias personas, mujeres casi todas, a quienes me
he acercado muchas veces precisamente por esa admiración que se convierte luego
en amistad por una amabilidad suya que no termino nunca de agradecer. Luego,
con Aristegui me pasa lo que, estoy segura, le sucede también a muchos de
quienes estaban ahí: hay una suerte de cercanía, de posibilidad compartida, de
perspectiva. Y hoy todas y todos queríamos rodearla, tomar una foto, tocarle
siquiera el hombro; pocos pudieron, muchos nos consolamos gritando desde la
tribuna, sonriendo, intentando sacar del dolor de todo lo que nos decía alguna
luz, aunque fuera pequeña. Porque en este país en el que se encuentran tantas fosas
y casas [blancas, malhabidas, escandalosas] cada vez tenemos menos.
Hoy, al ver a Aristegui bromear, sonreír,
mover las manos y reconocerle una estatura mucho menor a la que yo imaginaba —en
mi cabeza, claro, era una giganta de 1.90 que intimidaba con su presencia—, me
acordé de que no se trata de construir personajes ni mitos; ya en pleno siglo
XXI nos ha quedado claro lo poco útiles, lo dañinos, que pueden llegar a ser. Se
trata, sí, de pensar que todavía quedan sitios, escenas y personas para colocar
y compartir la esperanza: “no pasa nada cuando hago las cosas con fe, pero voy
a insistir”, escribe Jimena Arnolfi, y reafirmo entonces que así vamos a
insistir, hasta que pase algo; hasta que el simple hecho de salir a la calle no
sea un acto de valentía, hasta que se nos devuelva el derecho a sonreír sin
muerte.
Gracias, Carmen Aristegui, por
aceptar, por venir, por estar. Gracias a quienes lo hicieron posible y a
quienes, como tú, luchan desde donde están por contener este país líquido para
que no se nos vaya entre las manos. Discúlpanos por hacer un spot de radio para
promocionar tu visita —no te apures, quedó sólo entre compas universitarios—,
por decirte Doctor y no Doctora, por no querer que te fueras tan pronto. Ésta
es nuestra manera de abrazarte, de decir que te queremos (¡al diablo con
separar los afectos de los acontecimientos!) y de no dejarnos caer en el
espanto.
miércoles, 28 de enero de 2015
Sobre la clase de hoy
Escribo con espanto, con asombro, con algo que no es decepción ni desánimo pero ronda por ahí. Doy clases de Lectura y Redacción II en bachillerato. Antes de siquiera empezar, estaba ya sorprendida por el programa que tenía que usar (el oficial, de la DGB): contempla el primer bloque completo, de dos meses, dedicado a "textos funcionales" (cartas formales, oficios, solicitudes de empleo...). Esto está encaminado a generar obreritos eficientes capaces de realizar tareas básicas con la lengua sin que tengan idea ni interés por nada más; un plan hecho para aburrir, para generar desinterés, para que no les importe a quienes lo estudian. Yo misma me aburro de solo pensar que debo preparar una clase con esos temas y, pese a ello, intento llevar alguna cosa que no sea tan tediosa; también dejé un día a la semana destinado a leer literatura y esa es la sesión que me cuesta más trabajo porque me resulta complicadísimo llevar algo que realmente les diga algo, o los enganche aunque sea un poquito.
Para ver cartas formales, llevé como ejemplo una adaptación de la que Lydia Davis escribe al fabricante de chícharos congelados y su tarea consistió en elaborar la respuesta. Una, divertidísima, explica que no se puede modificar el empaque porque éste ha sido diseñado por el difunto hijo del inventado dueño de la fábrica de chícharos congelados, todo con un impecable registro formal y un buen uso de la estructura que estábamos viendo.
En uno de los libros de Lectura y Redacción que me prestaron en la escuela se sugiere, para el mismo tema, elaborar una carta escrita a quien ellos y ellas consideren adecuado en la que expongan su inconformidad sobre un problema de equidad de género, el que ahí proponen es el de la brecha salarial. Me pareció un gran ejercicio y, con eso en mente, compartí un artículo al respecto. Lo leímos en clase. De inmediato, la incomodidad de mis alumnos hombres se hizo manifiesta: "es que ahora somos cinco hombres y quince mujeres, miss (sí, porque me dicen miss aunque poco a poco dejan eso y me llaman "maestra" o "profe", por expresa petición mía), así no se vale", "ahora resulta que todo es discriminación", "¿pero por qué nos trae este texto si nosotros no somos machistas?". Hasta ahí, todo dentro de la clase de comentarios que imaginaba escuchar. En tres grupos distintos, sin embargo, oí cosas similares que sí me dejaron fría.
Lo de la violencia de pareja derivó en preguntar por qué el feminicidio estaba tipificado y luego un chico preguntó: "O sea que si me dan celos y mato a mi novia, ¿ya soy un feminicida?" Otro: "las mujeres que se emborrachan son indecentes, y si las violan es porque a eso se exponen" Uno más: "Violar a una mujer sobria es más grave que violar a una mujer borracha". Las chicas, sorprendidas casi todas, conscientes de un montón de cosas, pero con todo y eso apoyando en varias ocasiones los argumentos de sus compañeros. Yo guiaba la discusión intentando participar poco aunque igual intervine varias veces. Una chica: "maestra, le voy a hacer una pregunta muy personal y no me la vaya a tomar a mal por favor". Sorprendida por la advertencia, espero algo fuerte. "¿Es usted feminista?" Sí, respondo sin dudarlo. Ella sonríe, dice un "lo sabía" casi inaudible y continuamos. Al final de la clase, se acerca y me pregunta si voy a marchas, si hago algo; cuando respondo afirmativamente se emociona. No todo está mal, pienso. Me pidieron discutir más sobre "esas cosas feministas" y mañana les llevo textos, aunque era nuestro día de lectura "de literatura".
Me es muy difícil no reaccionar mal, me cuesta seguir las discusiones sin perder la calma; pero al final me pregunto si los puedo culpar a ellos y, sobre todo, si con eso lograría algo. La culpa es de nosotros y nosotras, la gente grande, no de ellos. Sé lo pretencioso que resulta creer que puedo cambiar su forma de pensar y no lo hago, pero me siento responsable: discutir lo que se me permite en la estrechez de la materia, cuestionar hasta donde me sea posible, incluso hacer que se enojen: todo lo que pueda lograr que, aunque sea por un segundo, se volteen a ver a sí mismos, me hace sentir un poco aliviada. No estoy ahí para odiarlos, ni para excluirlos, ni para aburrirlos. Estoy para tener paciencia, para pensar, para que vean que no todos los argumentos son válidos, pero sí valiosos en tanto se pueden deconstruir.
No quiero creer que es tarde, que no se puede. Hasta que empecé a dar clases, hace ya siete años, dije siempre que no quería hacerlo porque veía a madre y padre, ambos maestros de primaria, llenar listas, calificar exámenes, completar boletas, redactar programas... Hoy me encuentro haciendo todo eso con gusto, me veo teniendo miedo y dudando cuál será la lectura adecuada, la actividad, el momento. Sobre todo, me veo sintiendo que esto me hace feliz de muchas y extrañas maneras y que, al menos por ahora, me siento haciendo lo que quiero hacer. Mañana tal vez diga que no soporto más, pero seguro pasado mañana me voy a levantar de la cama antes de tiempo, me beberé un café y saldré a la calle con mis lentes de profe que me muestran el mundo de formas tan extrañas, y sonreiré por entender cada vez menos pero sintiéndome menos sola.
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