sábado, 16 de agosto de 2014

En el avión


Éste es el camino a una casa. Tres horas, más tres horas detenida, más nueve horas, más una hora para llegar. Media hora más, más tres horas, más cuarenta minutos: entonces será la casa de mi padre. 
Qué irreal parece todo cuando se piensa así, en tiempo y a once mil doscientos setenta y siete metros sobre una ciudad que no conozco, con el lugar del atardecer debajo, como quien oye pies descalzos sobre la superficie del día. 
La calma, sí, pero apenas un segundo. Al final, ¿cuántas nubes se nos enciman en el vértigo? 
Lloro. Mi vecina de asiento guarda silencio y me abraza fuerte, luego me pregunta qué estoy dejando atrás y no atino a responderle. Ella: cantante albanesa de ópera, marido chileno, trabajo en Alemania. A veces siente que no puede. Su abuela murió hace menos de una semana, dice, en tanto ella paseaba por Buenos Aires. Yo también podría vivir allá, anota. La miro, sonrío poquito. Pone una película. 

Leo un poema que se llama POR QUÉ INSISTIMOS CON LOS VIAJES y encuentro otra respuesta. Acá, tiempo y espacio van aunque se dislocan. Suspiro. Las cosas no tienen sentido pero marchan. 
Sin ventanillas, nos costaría mucho creer que esto tan despojado de misterio es el cielo.

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