viernes, 23 de septiembre de 2016

Por qué digo que soy lesbiana

Empecé a pensar que podía ser lesbiana cuando tenía 23. Digo 23 por poner una edad, pero podría decir que a los seis, cuando le confesé a mi madre que estaba enamorada de Thalía y ella me pidió que nunca más lo repitiera. Que a los siete cuando mi tía —la más mocha— me contó que las mujeres no se tomaban de determinada forma las manos, que las mujeres que se besaban se llamaban lesbianas, y yo no pude quitarme el hormigueo de esa palabra que repetí decenas de veces en voz baja, como conjuro o como mantra. Podría decir que a los trece, cuando me excitaban las faldas de mis compañeras. Decir que a los dieciséis, cuando quería besar a mi amiga y sabía que ella también. A los veinte, cuando me descubría deseando a la novia de mi amigo. Creo que el deseo estaba y también creo que ese deseo por otras mujeres está potencialmente en todas las mujeres, pero no tenemos manera de nombrarlo o de entenderlo, lo disfrazamos de simpatía, de amistad, de cualquier cosa. Pero digo a los 23 y pongo fecha y hora al día en que empecé a renunciar a la heterosexualidad que no me dejaba ser feliz. Le dije adiós a todo lo que debía ser y hacer y me lancé a algo que no tenía forma ni sentido ni era adecuado ni era para lo que me habían educado, y que sin embargo se sentía extraordinariamente bien. En el camino supe que la lesbiandad también podía ser una elección, un rechazo a la heterosexualidad impuesta y que las feministas de los setenta no sólo lo tenían claro sino que muchas de
La imagen sale de este tumblr, donde hay muchas otras
bastante interesantes: http://h-e-r-s-t-o-r-y.tumblr.com/
ellas lo tomaban como bandera. Le dije adiós a la heterosexualidad no sólo como preferencia sexual sino como modo de entender la vida. Adiós a eso y hola a los feminismos, a la sororidad, a las amigas. Tardé, es cierto, muchísimo tiempo en asumirlo, dudé tambaleé probé y enloquecí. Me buscaba. Me buscaba en mí y en otros deseos disidentes, en otros cuerpos que se me compartían y a los que yo también me prestaba. En gestos, en sonrisas, en complicidades tejidas frente a mucha gente diciéndome que yo no era eso, que una etapa, que ya se me pasaría. Me perforé la nariz. Cambié de país. Regresé a mi país. Me corté el cabello y dejé de usar vestidos. Conservé el cabello corto y volví a los vestidos. Me tatué. Escribí. Escribí siempre y mal hasta que un día no me dio más vergüenza decirlo. Hasta que un día yo ya no me di vergüenza.

Salí a la calle siendo lesbiana, siempre con el miedo de que me fuera a encontrar alguien de la familia, algún amigo de la secundaria, alguna niña del pueblo. Un día con risas y alegría y nervios se lo confesé a mi madre y su respuesta incómoda pero sonriente fue que qué bueno el queso que nos estábamos comiendo (después de todo, tuvo veinte años para agarrar el pedo). Cuando lo hablé con ella, supe que no hacía falta decírselo a nadie más.

Pero necesité equivocarme, buscar, confiar y probar. Dañé sin querer a otras y me castigué y me perdoné por ello. Necesité amigas y respuestas y preguntas, necesité oídos y bocas. Necesité conocer femmes, butches, tomboys, feministas, heterofeministas, lesbofeministas, lesboterroristas. Pintoras, fotógrafas, músicas, activistas, diseñadoras, cineastas, académicas, escritoras. Experimentar la diversidad, gozarla en serio, entender que apariencias, discursos y actitudes no siempre estaban ligadas y que cualquier expectativa mía al respecto era un prejuicio. Me enamoré de mujeres y volví a enamorarme de hombres varias veces, hasta que me lastimé lo suficiente como para querer estar sola y luego aprendí a estar sola y gocé de estar sola y no quise renunciar a estar sola. Defendí ser yo y dejé de pensar que el amor era lo más importante. Luego volví a pensar que el amor, pero no el tradicional ni necesariamente el de pareja, sino el amor en sí mismo, el cariño, era lo más importante. Me contradije me contradigo mil veces y me escucho y me doy tiempo. Me confundo y disfruto también estar confundida. Leo lo que puedo y lo que me interesa, lo discuto, lo comparto. Entiendo que a veces lo mejor que puedo hacer es guardar silencio.

Ser lesbiana no significa que no volveré a involucrarme con sujetos masculinos ni nada por el estilo. No cultivo el odio, no lo fomento, no lo acepto, no lo internalizo. Evado las críticas a ultranza, intento no hacer generalizaciones. Veo la cara de sorpresa de mis antiguos amigos ante los arcoíris en mis redes sociales y a veces la comprendo. O la celebro. O ya no me importa. Entiendo que ser lesbiana es también renunciar a personas que creía cercanas y ahora me sacan la vuelta, que es acercarme a otras que me parecían incomprensibles, lejanas, opacas. En el camino soporté —en silencio, por pudor, por miedo, por reprimida— a un editor que amenazó con divulgar mis preferencias sexuales si no me alineaba, a un colega (o dos, o tres) que intentó ligarme cuando fui con mi pareja mujer a la fiesta, a una maestra muy querida diciéndome que en realidad yo no era lesbiana sino que no encontraba un hombre que me tratara y cogiera como se debía; a alguien que no conozco que abrió twitter sólo para insultarnos a mí y a mi pareja por estar juntas. Perdí la cuenta de las veces que me llamaron feminazi, que me instaron a salir del closet, que apelaron a la tenencia de arena en la vagina (¿Y si así fuera? Exceso de playa y no otra cosa). Tengo amigos y los procuro, confío en ellos. Aprendo a ser reticente pero no repelente con los extraños.

La ruta que no va a terminar nunca también ha implicado muchas horas de fiesta, de besos clandestinos, de películas. Vi todo el cine lésbico que pude, leí los poemas, los libros que hablaban sobre mi deseo recién asumido. Me di cuenta de los clichés y los rechacé, me di cuenta de los clichés y los asumí. Llegué al psicoanálisis feminista y me hice analizar. Tomé cursos, escuché conferencias, leí artículos, libros, me rodeé de mujeres que habían dado ya los pasos que yo apenas presentía. Comunidades móviles y comunidades fijas, amigas residentes y amigas fugaces. Lenchas y bugas que escuché y me escucharon. Aprendí a renunciar a quienes me hacen daño y a mantenerme cerca de quienes traen luz o paz o torbellino alegre. Fui a mi primera marcha del orgullo hace unos meses, y aunque se sintió liberador tuve miedo de subir fotos, luego lo hice y estuve respaldada y acompañada. Tuve un contingente para ir a la marcha y lo mismo tengo a muchas amigas, hermanas y compañeras a quienes recurrir cuando lo que sea. Afectos y solidaridades que correspondo y construyo nuevos todo el tiempo.

Estoy ahora en una relación que deseo duradera y se reinventa cada que ella o yo reconocemos otra capa de patriarcado en nuestras formas de querer. Querernos así es una fuga, un refugio, una pausa. Querernos así nos hace bien. Querernos es algo que defenderemos incluso si es sólo para hoy. Un acto de valentía que ejercemos con gusto y fuerza, con canciones aprendidas y desaprendidas, pero con canciones. Arroparnos sin poseernos, compartirnos, mirarnos imperfectas. Querernos es raro y celebramos la rareza, celebramos nuestra diferencia y nuestro derecho a que no importe. Deconstruimos lo que queremos, lo que podemos, lo que no nos sirve. Luchamos porque la norma no se nos suba a la espalda aunque tal vez un día nos casemos porque se nos da la gana. O no. Luchamos por el derecho a nuestras contradicciones, a los trastabilleos, a los dos pasos hacia adelante (¿dónde es hacia adelante?) y los tres para atrás. Cambiamos, peleamos, nos movemos. Juntas y cada una por su cuenta. Discutimos. Nos separamos. Volvemos a estar juntas: no estamos obligadas a ser una pareja perfecta porque, además, no sabemos qué es ser una pareja perfecta. No estamos obligadas a nada.


Ya nos enseñaron Rolnik y Guattari y más gente que el ejercicio libre del cuerpo es una rebelión contra el sistema, por eso el lesbianismo que elijo es feminista, anticapitalista, antirracista y luminoso como muchas luciérnagas juntas. Es, por tanto, un lesbianismo político; no podría ser de otra manera. Digo lesbiana y pienso en devenir: hacerme, reconocerme. Aun así, comprendo poco y no tengo nada estable, pero por fin me veo a mí misma en mi apariencia y en mi forma de plantarme en el aquí, ahora. Escribo esto desde las ganas de no tener que calcular los peligros antes de besar en la calle y desde la sonrisa que se me dibuja y que ya, como lo bailado, nadie me va a quitar.

*Este texto debe mucho a los tuits de @MacariaLara que me hicieron cuestionarme otra vez, leer más, revisitar lo que ya tenía escrito.  Y de paso animarme a publicarlo. 

5 comentarios:

  1. Mis respetos!! Ojalá todas tuvieran el coraje y la decisión que tuviste de aceptarte como lo que eres, un hermoso ser humano que tiene el derecho de amar!! Sigue escribiendo por favor!

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  2. Hola tu articulo esta genial!!! yo tambien me recien descubri lesbiana (nada especial, una historia sin tantos giros como los tuyos XD )y aunque me encanto tu post *¬* solo tengo una pregunta = ¿por que te cortaste el cabello? entiendo que al cambiar tu identidad como lesbiana , cambio tu concepto de belleza pero cortarse el cabello es una muestra de matar tu femineidad a menos que lo uses por el hombro o a media espalda ...no se, solo creo que no hace falta dejar de ser mujer para ser lesbiana , pues de lo contrario es como si quisieras ser hombre. Yo usaba el pelo corto en mi irrelevante epoca heterosexual , ahora como lesbiana lo uso largo ¿soy contradictoria? :O

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  3. Que boludez eso de cualquier mujer puede ser lesbiana.
    También cualquier mujer puede ser asesina, cocinera, masajista o ciega.

    Qué significa eso?

    Te cabe la almeja y punto. Nada del otro mundo. Todo el mambo alrededor es para tapar o justificar otra cosa, sospecharía yo.

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